lunes, 29 de septiembre de 2014

La muerte de "Memo" Rivas Molina (2a. parte)




Reproduzco aquí la segunda parte del reportaje publicado en inglés en InSightCrime sobre el asesinato de Carlos René Guillermo Rivas Molina, hijo del coronel retirado Carlos Rivas Najarro. La familia de la víctima acusa al ejército de sicariato y de encubrir a los autores intelectuales del asesinato. Tras la publicación de este artículo y de otra versión del mismo en La Prensa Gráfica, el Ministro de Defensa de El Salvador, el general David Munguía Payés, ha dicho que "no hay sicariato" en la Fuerza Armada, pero no ha respondido en profundidad a todas las dudas que el coronel Rivas Najarro ha planteado al Presidente de la República, Salvador Sánchez Cerén, en dos cartas.


Carlos René Guillermo Rivas Molina (al centro), asesinado el 23 de abril de 2014.
 


III.                        Sicarios y encubridores

-         ¿Qué es, Coronel, lo que le lleva a decir con tanto convencimiento, a denunciarlo ante el Presidente de la República, que a su hijo lo mandaron a matar y que el Ejército tiene algo que ver en todo esto? Hago la pregunta por primera vez, tras escuchar y leer sobre todas las dudas que el coronel Rivas ha plasmado en sus cartas al presidente Sánchez Cerén, su conocido de infancia.


Han pasado unas tres horas desde que empezó la charla en la sala de la familia Rivas Molina en Los Planes de Renderos. El coronel Carlos Rivas Najarro ha recorrido, uno a uno, los argumentos que plasmó en las dos cartas que ha enviado al presidente Salvador Sánchez Cerén. La impotencia, dice. El convencimiento de que nadie haría nada por investigar quién mató a su hijo, dice. Y la muerte del teniente Gómez González a escasos 17 días del asesinato de Carlos René, dice. Todo eso lo empujó a escribirle al presidente.
Sobre todo, la muerte del teniente.

Carlos Alfredo, el hijo mayor, se negaba a aceptar las sospechas de su padre, que la muerte de su hermano había sido producto de un plan cuidadosamente elaborado; así lo creyó el coronel desde el momento en que dejó la escena del crimen de la colonia Casa Verde Uno de Santa Tecla el 23 de abril. “A pesar de todo, me negaba a creer que hubiese gente tan mala”, dice el mayor de los Rivas Molina. Pero luego, cuando su papá le habló para contarle que el teniente Gómez González había muerto, su opinión también cambió: lo mataron, a Memo -como hermanos y conocidos decían a Carlos René- lo mandaron a matar, piensa desde entonces.
En su primera carta al presidente Sánchez Cerén, de 14 páginas, enviada el 13 de junio de 2014 y recibida en Casa presidencial ese día a las 3:50 p.m por el agente Calderón R., el coronel Rivas Najarro pide audiencia para exponerle su certeza de que el asesinato de su hijo fue planificado y de que los autores habían elaborado una compleja trama de encubrimiento.

“Pido su apoyo como presidente de la república y comandante general de la Fuerza Armada. Conozco por mis treinta años de experiencia en el servicio militar... que (los autores) se valen de triquiñuelas para encubrir y protegerse y no ser descubiertos”, escribe el militar retirado.
También revela, en el último punto de esa primera misiva, que otro de sus hijos recibió el 11 de junio, en la casa familiar de Los Planes, una llamada para entregar un mensaje al coronel. Al día siguiente, el 12 de junio a las 9:30 a.m., Rivas Najarro devolvió la llamada al número que había quedado guardado en el teléfono de la casa. “El aviso que tenían para mí eran órdenes de asesinarme”.

Cuando escribió esa carta, que entregó luego de la última amenaza, ya había pasado un mes de la muerte del teniente Gómez González, el misterioso agente de inteligencia militar que, según el coronel Rivas Najarro, llegó enviado desde un batallón que dirige el coronel Simón Alberto Molina Montoya -mano derecha del ministro de Defensa- para cerciorarse de que el sicario había asesinado a su hijo Carlos René. 

A esas alturas, además, el coronel Rivas estaba claro de que ninguna autoridad salvadoreña estaba poniendo demasiado empeño en aclarar todas las irregularidades que rodeaban la muerte de su hijo menor: del ejército había salido una orden de clasificar como secretas las investigaciones sobre la muerte del teniente Gómez González; la policía había cambiado cuatro veces al investigador del caso; y aunque la fiscalía había subido el expediente de su unidad de vida en Santa Tecla a la unidad de crimen organizado en la sede central, las pesquisas tampoco habían avanzado.

Menos de un mes después, en su segunda carta de 14 folios, el coronel Rivas Najarro resume todas las anomalías que anotó en la escena del crimen y en las investigaciones posteriores. Además de los hechos poco claros que rodearon la muerte del teniente Gómez González y de recordar que los agentes del ejército y la policía presentes en la escena esparcieron sin mayores elementos de investigación la tesis del asesinato por venganza, Rivas se extiende:

-        En el numeral 2, página 3 de su carta, explica que el acta policial nunca identificó a los custodios privados de la colonia Casa Verde Uno, que eran quienes en realidad podía determinar a qué horas llegó el teniente al lugar y a qué horas entró a la casa a certificar la identidad del sicario.

-        En el literal e de ese numeral 2 dice que los policías que revisaron el carro de su hijo le devolvieron el celular que Carlos René había dejado ahí pero habían borrado toda la memoria de llamadas.

-        En el numeral 7, que dos días después de los homicidios llamaron a la madre del sicario que mató a Carlos René para avisarle que fuera a recoger a su hijo, esto a pesar de que el asesino no portaba documentos de identificación en la escena del crimen -según consta en el acta de inspección ocular- y de que ningún otro familiar lo había reconocido en la morgue.

-        En el punto 8, Rivas explica que según sus propias investigaciones, el arma que usó el sicario para matar a su hijo, una pistola CZ calibre 40” nueva serie A855925 con número de registro 205431, está registrada a nombre de una persona que no existe y había sido reportada como robada el 19 de marzo de 2014

General Munguía (izquierda) y Coronel Molina Montoya.
Rivas no duda, al final de la segunda carta, en acusar al coronel Molina Montoya de haber convertido el llamado batallón de inteligencia de la Fuerza Armada en una organización paramilitar que “ha sido organizada al estilo de ORDEN (uno de los escuadrones de la muerte más temidos en El Salvador en los años 70)” y en un grupo que “ha hablado de ajusticiamientos a elementos contrarios a sus objetivos políticos y económicos”.
No es la primera vez que el coronel Molina Montoya es acusado de dirigir una operación de sicarios desde el ejército. Ni de encubrir o falsear investigaciones.

En febrero de 2012, tras ser nombrado ministro de Seguridad Pública por el entonces presidente Mauricio Funes, el general David Munguía Payés nombró subdirector del Organismo de Inteligencia del Estado (OIE) a Molina Montoya, quien pronto se convirtió en el director interino. Desde ahí, el coronel hizo un pase de polígrafo entre todo el personal del OIE para tratar de determinar si desde ahí alguien había filtrado información a periodistas del periódico electrónico El Faro sobre el Cartel de Texis, una de las principales bandas de narcotraficantes de El Salvador.

Poco antes de eso, un alto oficial de la PNC confirmó que desde inicios de 2012 Molina Montoya era el encargado de adelantar pláticas con líderes de las pandillas MS13 y Barrio 18 para confeccionar la tregua que luego se convertiría en la principal apuesta de seguridad de su jefe, el general Munguía.

Y en 2010, según un informe elaborado en 2010 por el Centro de Inteligencia Policial y avalado por investigadores en la PNC y en el ejército, Molina Montoya dio la orden de asesinar a un agente encubierto -ex militar- que había infiltrado a Los Perrones, la otra banda de narcotraficantes de El Salvador. 

(En su momento, al realizar la investigación para mi libro “Infiltrados”, sobre la corrupción en la Policía y Estado salvadoreños , solicité entrevistar al coronel Molina Montoya sobre estas acusaciones, pero nunca me respondieron. Para este reportaje envié una nueva solicitud al ejército para entrevistar al coronel y al general Munguía Payés; tampoco hubo respuesta).

IV. Viejos encuentros con la muerte
-        “Ahí es donde vienen a tirar a la gente que matan”, le dijo el hombre que le abrió la puerta en la colonia perdida de Cuscatancingo, en las afueras de San Salvador. Faltaban dos días para la Nochebuena de 1998.

Minutos antes, el coronel Rivas Najarro había alcanzado a rodar por el borde de la calle donde lo tiraron los hombres que lo habían secuestrado a la salida de su oficina en la colonia Universitaria.

Cuando alcanzó a reponerse, el coronel vio como el carro de los secuestradores daba la vuelta y regresaba a buena velocidad hasta la cuneta en que lo habían dejado. Vinieron, en segundos, los disparos. Pero Rivas logró esconderse en el barranco. Dejó pasar suficiente tiempo hasta que, calculó, el carro había desaparecido. Entonces decidió buscar refugio en una casa del vecindario aledaño. El vecino que le abrió, acostumbrado a oír de cadáveres que asesinos sin rostro tiraban en los despeñaderos cercanos, supo que el hombre que tenía enfrente acababa de esquivar a la muerte por muy poco.

No era el primer atentado ese año. El 23  septiembre de 1998, otro escuadrón de la muerte -¿o el mismo?- había intentado matarlo a la salida de su oficina. Cuando salía de su oficina en su vehículo placas P-374-728, otro carro, un Honda rojo, lo interceptó; dos hombres vestidos de negro se bajaron a rociarlo de balas. Esa vez, el coronel también logró salvarse: al ver como los sicarios se aproximaban a él dio marcha atrás y se alejó lo suficiente para que las ráfagas no lo alcanzaran.

Los dos atentados de 1998 fueron motivados, según Rivas Najarro cuenta le dijeron quienes lo secuestraron el 22 de diciembre, porque él estaba “dando parte”, contando en el caló militar, sobre violaciones a los derechos humanos en el ejército.

Al igual que lo hizo 16 años después, cuando mataron a su hijo menor, en septiembre de 1998 Rivas Najarro le escribió una carta a un comandante general de la Fuerza Armada. El 24 de ese mes, un día después del primer atentado, el coronel retirado refirió al presidente Armando Calderón Sol todos los detalles sobre el hecho, así como las investigaciones irregulares, encaminadas a encubrir, no a descubrir autores o motivos. Y así como en 2014 identifica con nombre y apellidos a posibles autores intelectuales y encubridores, en 1998 Rivas acusó a “agentes de la Policía Nacional Civil” como autores del intento de matarlo.

En las tres cartas, las dos a Sánchez Cerén y la que escribió a Calderón Sol, Rivas Najarro identifica su papel en la investigación de la masacre de los Jesuitas como un posible móvil de quienes intentaron matarlo a él o de quienes tuvieron éxito matando a su hijo el 23 de abril de 2014. Aunque en el caso más reciente, el coronel retirado también menciona que en algún momento, dentro del ejército, hubo oficiales que manejaron su nombre como posible ministro de Defensa para reemplazar a Munguía Payés.

Es en su carta del 10 de julio de 2014 a Sánchez Cerén en la que mejor resume el espíritu de denuncia interna que, deduce, le costó a él ver de frente a la muerte en dos ocasiones y perder ante ella la batalla por la vida de su hijo: “...porque en realidad la historia de la Fuerza Armada ha sido distorsionada por sus detractores políticos, tanto de pensamiento conservador como liberal, poniendo en práctica la táctica de la desinformación, pero también elementos de la propia institución involucrados en hechos no profesionales...”

El 16 de noviembre de 1989 por la mañana fue su esposa, Ana, la que le habló hasta el cuartel de La Unión en el que estaba destacado para avisarle que en la televisión estaban pasando imágenes de los jesuitas asesinados. Ese mismo día, el coronel Rivas Najarro empezó a abogar por una investigación seria dentro del ejército. Y luego ayudó a quienes desentrañaron la verdad, que el Batallón Atlacatl los había matado. 

El 23 de septiembre de 1998 intentaron matarlo. Él acusó al estado salvadoreño. El 22 de diciembre de 1998 intentaron matarlo. Él acusó al estado salvadoreño. El 23 de abril de 2014 mataron a su hijo. Él acusa al estado salvadoreño. Y escribe:

“Si a esta fecha continuamos con la impunidad estamos condenados para que se nos señale como un país o un estado fallido en materia de seguridad”.






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